Mercedes, un lugar para vivir
En este posteo les voy a hablar de un lugar muy especial para mí, mágico (si es que la magia existe y no es la que se ve en la tele), este lugar es la ciudad de Mercedes. Mi hermanito Fran nació un 26 de Agosto, lo importante no es su edad actual, no es el año. La cosa es que, por haber nacido en Agosto, cuando llegaron las vacaciones de verano no podíamos ir a Gesell ni a Mar del Plata, como, con esfuerzo de mis viejos, habíamos echo todos los años anteriores desde que tengo memoria. También amo Gesell, pero ese es otro tema. No podíamos recorrer más de cuatrocientos kilómetros con un bebé de cuatro meses para levarlo a pasar calor y quemarse. Entonces, no me pregunten cómo, mis papás decidieron pasar las vacaciones en una ciudad hermosa que queda a treinta kilómetros de Luján, les hablo (en realidad les escribo) de Mercedes. Además de ser un lugar geográficamente más cercano a Buenos Aires, pasar todo un mes ahí alquilando una quinta nos costó lo mismo que costaba en ese entonces pasar solo una semana en la costa alquilando un departamento. O sea que económicamente también estuvo bueno, pero no hay que olvidar que eso era así antes del Yo pensaba que pasar todo un mes en ahí, encima sin televisión, iba a ser un aburrimiento total, pero me equivoqué, demasiado. La quinta era enorme, al igual que la casa. La dueña original de la quinta era, o es, diseñadora de parques y jardines; yo no tenía ni idea de que existiese un trabajo así, pero me demostró que no era ninguna tontería y que valía la pena que se dedique a eso. El parque ese era gigante y tienen que imaginarse lo que era el parque perteneciendo a una “diseñadora de parques y jardines”, estaban los árboles, las plantas y los colores acomodados de una manera que, en resumen, estaba buenísimo. Una de las partes que más me gustaban era un bosque que era todo de no se que tipo de árbol. Como si fuese poco, la quinta tenía pileta y un quincho. Y la casa… Esa es la mejor casa en la que estuve en mi vida. Esa casa era literalmente un cuadrado con una galería que ocupaba un lateral entero. Al entrar uno se encontraba con el comedor y la cocina. A la derecha había tres piezas. La más grande tenía tres camas individuales, y ahí dormí yo y mi otro hermano menor (y capas que algún amigo o primo/a). Una de las otras es la que tenía la cama matrimonial y el moisés donde durmió mi hermanito durante ese mes. Por ahí andaba el baño. La restante, que contaba con dos camas simples, estaba destinada a los invitados que se quisieran quedar a dormir, pero casi siempre se quedaba más gente que camas, así que tenían que dormir en el living. Y dormir en ese living era un privilegio. Al ir al lado izquierdo de la casa, solo estaba el living, que era la exactamente la mitad de la misma. Este tenía, si mal no recuerdo, cuatro sillones (uno simple, uno doble y otro para tres personas); la totalidad del piso de madera; una mesa ratona, con una alfombra debajo; un hogar (chimenea) y una mesa más grande que la del comedor de la cocina. Pero lo mejor del living es que se continuaba al exterior, daba a la galería por un ventanal del largo de todo el living que se podía abrir. Además, me acuerdo que el living tenía un baño al que yo no entendía porqué no me dejaban entrar. Un día me metí, entonces los entendí: el baño ese era del tamaño de tres baños de mi casa, estaba todo revestido de una tela muy fina roja y, como si fuese poco, las toallas que había adentro estaban bordadas. Creo que me hacían dormir afuera si no “le embocaba” al inodoro. En el parque había caballos y cuatro perros: Sapito, Luna, Tango y Cash. Además, dentro de la quinta vivía el hombre encargado de mantener el parque, el pasto, los animales, etc. Un grande; Cándido se llamaba. Ese mes la pasamos tan bien que volvimos a Mercedes el verano siguiente, pero la quinta donde habíamos pasado el verano anterior no estaba en alquiler, así que terminamos pasando esas vacaciones en la quinta de la madrina de la dueña de la quinta que habíamos alquilado el verano anterior. (Que oración compleja me mandé.) Imagínense que, siendo la dueña madrina de una diseñadora de parques y jardines, el parque de esta segunda quinta también estaba, y está, buenísimo y la casa no se quedaba atrás. También tenía pileta, parilla, parque grande, etc. Pero había cuatro cosas que la otra no tenía: una cancha de polo que era para no se quién que practicaba equitación; televisión satelital (que aunque no veíamos muchos nunca vino mal en una noche fría para ver alguna que otra película o para hacer ese ruido de fondo al que uno se acostumbra (yo por lo menos) y entonces dejarla encendida aunque estuviésemos hablando con amigos y/o familiares (a veces hasta que salía el sol); un camino de piedra picada de unos ciento cincuenta metros para el auto que yo usaba para hacer carreras en bici y pegar coleadas (una vez mi prima se calló andando sobre él y de paso se abrió la pierna, y hubo que llevarla al hospital para que la operen y le saquen todas las piedras de la rodilla a la muy b*l^%@); un árbol al que yo y mi hermano llamábamos “El Refugio” porque tenía un diámetro, claro que con las ramas incluidas, de más o menos treinta metros, y las ramas le salían hasta desde el piso, entonces yo me podía subir hasta la copa (se podía ver todo desde ahí); y un lugar al que bautizamos como “Casa de Invitados”, que era una mini casa que tenía un baño, una cama y un sillón (a mí me encantaba este lugar porque allí dentro siempre hacían aproximadamente siete grados menos que afuera, y eso es lindo en verano). Esta quinta también tenía perros, eran tres: Toffy, Fox y Beethoven. Al año siguiente volvimos a alquilar la misma quinta. Ya nos habíamos enamorado del lugar, de esa paz y de la ciudad de la que todavía no les hablé pero ya conocía como si fuese mi barrio, como si hubiese vivido ahí siempre. Al año siguiente de alquilar por segunda vez la quinta de la madrina de la dueña de la primera quinta que alquilamos en Mercedes (complicado para entender, ya sé, de nuevo), mis papás ya estaban convencidos, entonces compraron la quinta que tenemos actualmente. Desde que la tenemos mi papá y mi mamá la trabajaron muchísimo, más que nada porque lo disfrutan. Plantaron un montón de árboles que hasta a mí me gustan, se encargaron de arreglar todo para construir la pileta que no tenía y ahora sí, etc. Yo también ayude un montón, pero yo soy mucho más “rústico” (como se decimos en el fútbol). Ayudé y sigo ayudando a mi viejo con la instalación de postes, luces, faroles, etc. en el parque; de vez en cuando corto el pasto (que es una banda) especial en el verano; acho árboles y troncos que se caen con las tormentas más fuertes; junto la leña para los asados (siempre) y para el hogar (en el invierno); y alguna que otra cosa más. A mí me gusta hacer todo esto y además todas esas cosas te sacan unos buenos músculos. Ahora les cuento algunos de los motivos por los cuales yo veo a Mercedes como un lugar en el que me encantaría vivir. Además de todo eso que les dije que me gusta hacer paso un montón de tiempo al aire libre, jugando al la pelota con mis dos hermanos y hasta con el perro y con cualquier familiar o amigo que vaya. Cuando digo aire le¡ibre es aire libre de verdad, porque aunque esté solo a ciento treinta kilómetros de mi casa el aire es muchísimo más puro que el de mi casa, el de Mataderos. Esto sin hablar específicamente del aire de Mataderos, que por supuesto tiene olor a mataderos y yo encima me tengo que aguantar el aire de la fábrica de alfombras que está a tres cuadras de mi casa. En Mercedes también tengo la pileta para los meses y días de calor. Tengo ese cielo que en Mataderos no puedo apreciar por la contaminación lumínica y del aire que ya les describí. El cielo de Mercedes es re lindo. Por las noches yo saco una reposera, o una lona, o directamente me acuesto en el piso y me quedo viendo las estrellas, porque ahí las estrellas se ven de verdad y si hay luna llena se puede caminar sin ninguna otra luz que no sea esa, la de la luna. Si no hace frío puedo hasta quedarme a dormir ahí afuera, en el piso. Hay algo especial, no se que es, pero siempre que estoy en Mercedes, sueño. En mi casa nunca sueño nada cuando duermo, pero en Mercedes es inevitable: duermo ahí, entonces seguro sueño. Será porque estoy más tranquilo o porque duermo mejor, la verdad que no sé. También me encantan las lluvias en Mercedes. Yo ya les dije en un posteo anterior que a mí me cuesta mucho dormirme al menos que esté muy cansado, pero cuando llueve me puedo dormir sin que la cabeza se me dispare y me ponga a pensar y la cabeza me de vueltas, y una cosa me lleve a la otra y que así se me puede ir toda la noche. Pero la lluvia tiene algo que logra que me duerma sin pensar en nada más. Las noches de lluvia veo y escucho caer el agua hasta que me duermo, y entonces la dejo ver y la dejo de escuchar, porque ya me dormí y no me di cuenta. Las lluvias de Mercedes me gustan todavía más porque la ventana de mi pieza da al parque. Yo la dejo abierta y puedo ver y escuchar el agua, el viento entre los árboles, los rayos y relámpagos (de las tormentas de verano en especial) y toda esa paz que tengo aunque se esté cayendo el cielo. Ahora les voy a hablar sobre la gente y la ciudad de Mercedes propiamente dicha. Uno cuando llega a Mercedes, se tranquiliza, porque la gente de ahí es más calma, más amable, y sabe vivir sin las presiones que tenemos acá. Los autos, las motos y las bicis marchan espacio, sin apuro. Todos se saludan aunque no se conozcan. Y a mí me gusta porque también soy así de sociable, amistoso (y caradura). Hay mucha gente joven, chicos y chicas de mi edad. Y los que ya son padres y abuelos son igual de amistosos que sus hijos o nietos. La ciudad está llena de locales (de lo que quieras), bares, lugares para salir a comer o tomar algo, chicas que me encantan (porque además de lindas son buenas en serio), pibes, heladerías (para mí que soy adicto al helado), boliches, dos basílicas de las cuales una tiene la plaza principal de la ciudad enfrente, la estación de tren, terminal de colectivos de larga distancia, hoteles y hasta un salón gigante para fiestas de quince, de dieciocho, casamientos, etc. En Mercedes está la pizza que más me gusta: la de “Salomona”, buenísima. Supongo que entendieron porqué pienso en Mercedes como un lugar para vivir. Y yo lo considero de verdad y lo tengo en cuenta. Tengo en cuenta la posibilidad de ir a vivir ahí una vez que termine el secundario. Pero es difícil, y por más que quiera llevo toda mi vida en Mataderos y me duele muchísimo la idea de alejarme de mis amigos y familiares, de la vida que llevo o me lleva a mí. Sería un cambio muy grande y me encantaría, pero por eso mismo es difícil. Sería como reestrenar una vida, tomarse un respiro y empezar de nuevo.
Nos vemos por Mataderos o por Mercedes gente.
Federico A. Martínez

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